Kamikaze

by Grace

10:37. Su obsesión por esa hora lo perseguía desde pequeño, y a cada minuto in crescendo. Su mundo se detenía cada vez que su reloj digital mostraba los cuatro dígitos en su pantalla, y al cambiar, esperaba pacientemente 12 horas más para sumergirse anonadado en el encanto invisible de las cifras. La ira ardía en su pecho al pensar en que el tiempo sólo corre para nosotros y no para él mismo, que después de su muerte se moverán manecillas, avanzarán los segundos y muchas horas sagradas, como las 10:37 de aquella mañana, darán paso a otras más, que él nunca sentirá por estar perdido en la nada.

Morir. Su obsesión por el tiempo le introdujo a la locura, la locura lo llevó al odio, el odio lo llevó a lo sublime, y desde lo sublime, creyéndose dios, decidió que el tiempo, aquel que lo tenía preso en su obsesión, no correría para nadie más sino él.

A las 10:37 acabará todo.Lo dijo con el carácter inefable que caracteriza a los que nos creemos dioses, extendiendo su palabra por el mundo que ha de obedecerle.

10:37. de la mañana? la noche? qué día?

La incertidumbre de la fatalidad lo encarceló en aquella serie de preguntas, y tanto, que en uno de aquellos segundos que abundan en la eternindad, su mundo se desvaneció por completo. Su mundo, no él, porque las dudas le hacen creer que no ha muerto, que su destino no ha sido el mismo de su deseo.

Le hacen creer. Mira la hora que es.