Me miro al espejo, me miro y así, tan simple como soy, me miro y no me gusto. Me miro de arriba a abajo, siendo consciente de que yo misma soy un gran defecto inocultable y que ningún “no importa, es que sumercé es muy todo bien” puede llegar a opacar siquiera. Miro mi pelo, con todo y la voluntad propia que tiene, yendo para donde quiere y haciéndome parecer una degenerada que no es capaz de cuidarse al menos su propia melena, larga, frondosa y desordenada tal como la muestran en los comeciales de “Sedal” haciendo referencia al cabello que no hay que tener. Pero ahí está.
Ahí estoy yo, siendo precisamente todo aquello que el resto del mundo y sus estúpidos estándares dicen que no hay que ser. Me miro, así de imperfecta, amarilla y asimétrica, así de redonda y desesperanzada. Me miro con mi complejo de sombra, de inadvertencia, me miro y me cubro con alguna de las 15 blusas que tengo. Todas negras. Y pantalón, alguno de los entre 7 jeans y 3 pantalones… negros. Escojo un par de zapatos entre los dos que poseo necesito. Uno de mis dos sacos de lana. Negros.
Me miro al espejo, tan igual como ayer y como mañana y como toda mi vida desde que empezó a ser así hasta que por alguna razón decida cambiarla. Me miro a los ojos, sonrío, me gusta. Me conformo con eso, aunque sepa que afuera a nadie le importa lo lindos que son mis ojos o la curvatura de mi boca cuando sonrío. A nadie, sólo a mí.
Me miro y me siento estúpida por darle importancia a cosas como esas, estúpida por dudar del momento en el que me tragué el cuento del “be yourself”, estúpida por no quererme, y al mismo tiempo querer a alguien que me quiera así.
Pero es que, aún sabiendo lo estúpido que es, siempre es duro, especialmente para una mujer, el no ser la materialización de los sueños de nadie, sino la persona “buena gente” y “chévere” con la que cualquiera se conforma mientras llegua su pelirroja pálida, alta, esbelta, en vestido negro ceñido y zapatos de tacón. La que él prefiere, aún por encima mío y mi dolor.
Pff.

Recent Comments