Hoy

by Grace

Por la tarde, en el sitio al que los estudiantes habituados a la universidad nos acostumbramos a llamar Playa, dos personas se estaban dando golpes. Tenían dos pares de guantes de boxeo, y con ellos puestos se repartían puños mutuamente. El primer asalto duró sólo 2 minutos, y pronto se armó corrillo. Minutos después, el lugar estaba casi lleno, y cada dos minutos (o más si la gente lo pedía), terminaba la pelea, y otras dos personas escogidas al azar (u ofreciéndose voluntariamente) se ponían los guantes y se propinaban puñetazos de una manera salvaje.

Imagen

Alrededor de las 3 de la tarde la playa estaba totalmente llena, tanto que incluso había gente trepada en los árboles tratando de tener una mejor vista del panorama. Algunas de las clases de la tarde de mi facultad fueron canceladas debido a la nula asistencia (porque la violencia llama más la atención que la cultura, tristemente…), y tal parece que así había sido en todas las demás, porque toda la gente estaba concentrada en ese lugar, viendo cómo de un puño a alguien le partían la nariz o le tumbaban un diente.

Después se volvió algo monótono, las peleas ya no eran interesantes. El público, por aquello del morbo, no quería ver más peleas igules: querían duelo de mujeres. Por supuesto, ninguna se atrevía a salir. Yo quería, porque suponía que no hay nada mejor para aliviar la depresión, superar el stress y hacer algo de ejercicio que pegarle en la cara a alguien que no conozco, y con toda la legitimidad del caso. Pero es que me daba pena.

Al final, la insistencia del público por una mujer en el “ring” fue tal, que en un acto más instintivo que racional, salí. Me puse el par de guantes rojos y esperé una contrincante, que no tardó mucho en llegar. Se puso los guantes negros, y la pelea empezó. Fue divertido, en serio, cada tres golpes teníamos que detenernos a reír; y aunque creo que recibí más golpes que los que di, me sentía bien. Después de mí pasaron muchas mujeres más envalentonadas por mi precedente pendenciero. Cuando el round terminó, me sentía algo mareada. Compré una botella de agua y un metalero se me acercó a felicitarme por la pelea, a preguntarme el nombre y a decirme algo así como “que viva el rock”.

Luego me aburrí y me fui para mi casa, me puse la pijama e hice un sandwich. Luego dejaron de pasarme cosas interesantes.