Todos los psicólogos de mi infancia, uno tras otro, decían exactamente lo mismo: Tu timidez se debe a que te falta autoestima. Obvio, yo nunca les creí, porque si hay algo que he tenido desde que tengo conciencia, es esa megalomanía casi patológica reflejada en el monumental tamaño de mi ego. Pero si uno mira bien, los psicólogos se referían a una cosa que yo en verdad no tengo, porque dediqué todos mis esfuerzos a erigir la otra, la mía. Es cierto, no tengo autoestima. Los psicólogos nunca supieron por qué.
Supongo que empezó desde que empecé yo, siendo un manojito de células dentro de mi madre. Mi papá iba más allá del creer, querer y esperar; el sabía que yo iba a ser un niño, estaba totalmente convencido. Según él, yo me llamaría Luis y sería el delantero más grande en la historia del Santafé, según la fuerza de mis patadas en el vientre materno. Me esperaba con un cuarto pintado de azul y muchos balones de fútbol. Oh la decepción, nací.
Nací y mi egoísmo enredó las entrañas de mi madre para no dejar nacer a nadie más. Ni a Luisito. Aún no sé si eso fue un error, de cualquier modo ya no importa.
Él me quiso, creo. Me consintió en demasía, me dió todo lo que yo quería, y sé que hubiera tenido mucho más si se lo hubiera pedido; pero al mismo tiempo decía que todo hubiera sido mucho mejor si en vez de mí estuviera Luisito. Que por no ser Luisito, yo tendría que esforzarme mucho más para ser digna de que me llame su hija.
Empecé a odiarme por no ser Luisito.
Y para ser digna de ser su hija, tendría que ser pefecta, eso decía. Tendría que ser la niña más hermosa y más inteligente que viviera en éste mundo para que él se sintiera orgulloso de mí, eso decía. Para su desgracia, y de paso la mía, estaba bastante lejos de ser todo lo que él quería, eso también lo decía.
Todo, absolutamente todo lo que hice en mi vida fué para ganar su aprobación. Desde la manera en que me lavaba los dientes hasta las notas perfectas que sacaba en el colegio, si lo hice fué para que me dijera que estaba bien, y empecé a vivir mi vida en función de sus exigencias. Pero fracasé, eso dice. Fracasé por no ser el prototipo de la niña linda que salía en la televisión, y no importa qué tanto la humanidad alabara mi deslumbrante capacidad de razonamiento e inteligencia superior al de una niña de mi edad, yo todavía no era suficiente para ser digna de que me llame su hija. Aunque brillante, seguía siendo torpe, pesada y poco carismática, lo que nunca perdonó.
No le importó todo lo que yo hice para hacerlo sentir orgulloso de mí, mucho menos lo mal que me sentía cuando me decía que estaba lejos de lograrlo, que era una lástima que yo fuera yo, porque, mira la hija de fulanito, mira como es de bonita, así de flaquita, así de educada, mira cómo ella no tiene problemas para hablar con la gente, mira cómo ella tiene muchas medallas de muchos deportes y tú no sirves para ninguno, mira cómo es ella, mira la hija que yo debería tener en vez de us-ted, mira cómo no te mereces nada de lo que yo te he dado porque tú no has hecho nada por mí.
Naturalmente, empecé a odiarme por no ser la hija de fulanito.
Un día, él desapareció, se esfumó y nunca supe si alguna vez, una sola por lo menos se sintió orgulloso de mí. Yo… después de hacerme a la idea que ya no tenía padre, después de sentirme algo aliviada por no tener que soportar más presión, me di cuenta que me había quedado sin motivos para ser… alguien.
Ahí está la respuesta a todo: si no confío en lo que soy, si no me quiero ni un poquito, es porque si -maldita Electra y sus complejos- nunca supe qué tan valiosa e importante fui para quien fue el hombre más importate en mi vida, no tengo ninguna razón para creer serlo frente a todos los demás. No sé si nadie me ha querido demostrar lo conrario o es que yo me he resistido a creerlo.
Pero, tal vez, si empiezo a pensar en mí, todo ésto cambie…
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