Sobre el dolor al que sólo los sueños me quieren dejar volver

by Grace

No sé si son pocas las veces que sueño, o las que me acuerdo, o las que tienen algún sentido y son capaces de ser recordados, pero de cualquier manera, tener aún en mi cabeza retazos de sueños de la noche anterior no deja de ser algo excepcional que merece ser escrito.

Mi papá manejaba el carro en que iba, mi mamá estaba junto a él y yo estaba atrás. Atravesábamos una vasta llanura que colindaba con una gran masa de agua, el mar, probablemente. Estaba anocheciendo. Yo contemplaba obnubilada el juego de colores del cielo y el sol que moría -como es costumbre en mí- y sostenía mi cámara en una mano, pero dudaba en tomar fotos, porque el carro se estaba moviendo… me daba miedo hablarle a ese hombre que conducía.

Pero vi algo excepcional. Desafiando todas las imágenes que mi realidad conoce, voy a describir lo que en ese momento vi:

Era un sol, que aún mantenía su ardor típico del medio día, aunque el cielo estaba totalmente oscuro e impregnado de pequeñas estrellas. Se ocultaba sumergiéndose entre lo que parecía el mar, y su reflejo en él despedía rayos iridiscentes que desde el agua se lanzaban hacia el cielo, como fuegos artificiales. Junto a ese sol, había otro, ésta vez totalmente blanco, despidiendo rayos curvos, como los soles que dibujaba yo cuando aún era una niña. Éste sol se iba convirtiendo poco a poco en volutas de humo, mientras intentaba eclipsar al otro. Arriba de los dos soles, estaba la luna, llena y pequeña, pero no blanca sino coloreada por el arcoiris que subía del agua y se dibujaba sobre ella. Eso fue lo que vi.

Sin embargo, el carro se movía demasiado rápido. Le pregunté a mi papá si podía detenerse y devolverse un poco para que pudiera tomar una fotografía, lo cual hizo, sin decir nada. Pero, cuando volvimos al punto donde había ocurrido la escena que quería conservar, el primer sol ya se había ahogado, y con él sus rayos multicolor. El segundo se había extinguido cubriendo de humo al horizonte; la luna era cualquier luna y yo me llamaba decepción.

Seguimos andando. Llegamos a un pequeño pueblo donde nos quedaríamos a dormir. Hacía un calor del infierno. Había escarabajos y murciélagos parlantes en las paredes de mi habitación, golpearon la puerta y era mi padre, se quedó en silencio y yo le pregunté “¿por qué no vuelves a casa?”. Él no me dijo nada. Rugió. No entiendo en qué momento se trasformó en león. Igual que yo.