La reina del diente de león ha incluido a los vestidos dentro de sus pequeñas obsesiones. Encuentra placer en ver cómo los telares de su reino no descansan en su labor de confeccionar las maravillosas telas de hermosos colores y magníficos dibujos que han de tener el honor de posarse sobre su cuerpo y cubrirlo delicadamente para sumarse a su gracia; y más aún cuando siente sobre su piel la fina textura de los hilos entrecuzados que sutilmente le protegen del frío.
La reina del diente de león no viste linos, ni organzas de seda. La confección de sus ropajes no surge de hebras comunes y corrientes. La urdimbre de las telas que viste la reina nace de los sonidos que provoca el viento al deslizarse entre las cañas que crecen junto al río, de las gotas de lluvia cayendo sobre pedazos de vidrio roto y disperso, del papel que se rasga y el suspiro que se escapa por culpa de una involuntaria aceleración de los latidos de los corazones; devanándose alrededor del carrete sólido compuesto de sueños a la madrugada, destellos de luz y parpadeos.
Sin embargo, aún cuando los telares transformen tales inmaterialidades en hermosas prendas, la reina del diente de león sabe que cuando quiere lucir sus mejores galas, se va deshaciendo poco a poco de todos los géneros que le envuelven, y se va desnudando hasta que sobre ella no queda más que el más perfecto de los tejidos, aquel que te acaricia suavemente con sólo contemplarlo, aquel que contiene dentro de su oscura palidez el principio y el fin del universo que así mismo se dibuja sobre el en forma de pequeñas manchas en constelación, aquel que recibe del aire todas las palabras que de ella se dicen sobre las almohadas, tan fino, tan frágil…
su piel.
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