Todas las noches, cuando cierro los ojos para dormir, empiezo a oír voces. Todas me son familiares, casi siempre puedo identificar a quién pertenecen, pero pocas veces puedo entender lo que dicen. Cuando estoy muy cansada sólo oigo que balbucean; pero cuando puedo tomarme mi tiempo para dormir, me concentro y las palabras empiezan a distinguirse claramente. Las voces nunca dicen nada. Nada importante, al menos. Son sólo palabras que se juntan en frases con correctas estructuras gramaticales pero sin sentido alguno.
Sé que no son voces, realmente. Siempre he asumido que es la forma en la que mi cerebro se prepara para descansar, tomando sonidos de la memoria y mezclándolos con palabras que recoge del lóbulo temporal izquierdo. Y así las voces me van arrullando hasta que me duermo. Siempre. Todas las noches.
Anoche tu voz fue la primera en oírse. Me hablaba, y pude reconocer en lo que me decía muchas de las cosas de las que me habías hablado durante el día. No se callaba. No fue interrumpida por la voz de mi abuela o de algún presentador de noticias. Parecía que estuvieras allí, hablándome al oído y acariciando mi espalda. Tu voz conversó conmigo por horas, me hizo reír muchísimas veces y en una de ellas me quedé dormida.
Soñé con gatitos verdes y abrazos fantasma. Cuando desperté, su voz seguía allí, saludándome con un sorpresivo “buenos días, pequeña”.
es agradable imaginar que fui parte de esto. aunque sea sólo imaginarlo, pequeña.