Archive for the 'scraps' Category

Bloomsday

Ya habían pasado varias horas desde la media noche, pero ella insistía en no dormir. Se excusaba a sí misma inventando un insomnio que en realidad no estaba allí, tratando de tapar el hoyo que se formaba en su estómago cuando pensaba en la mañana, creyendo inútilmente que su reticencia podría llegar a detener el amanecer. Cuando por fin decidió cerrar sus ojos, un minuto antes de quedar dormida, soñó con viajar al espacio exterior y morir allí, en el vacío.

Después de un día perfectamente omisible, concluyó que hubiera sido mejor no haber despertado.

O de cómo romperle el corazón a una Alphekka.

“Te amo. Pero te amo de la misma manera en la que un astrónomo ama a las estrellas, y no te puedo amar de otra manera. Nadie puede. Eres enorme y brillante, pero a la vez eres extraña, desconocida y distante; estás sola, y nunca dejarás de estarlo porque nunca vas a poder conocer a nadie como tú. Todos los hombres estamos aquí, mirando al cielo sin separarnos de la tierra, fascinados por tu presencia en el universo, pero nadie se atreve a levantarse un poco del suelo para estar más cerca a ti, es imposible porque eres inalcanzable. Ninguno de nosotros tiene el coraje, la paciencia o los medios suficientes para emprender un viaje de millones de años que nunca podrá terminar sólo verte un poco más de cerca; ninguno tiene como propósito llegar a acercarse lo suficiente para sentirte, para dejarse abrasar por ti y morir sin siquiera haber podido tocarte. Estás allá, en un allá que nadie ha podido descifrar acá donde estamos todos, alegres de tenerte, allá, como un puntito fulgente. Pero estás allá y no dejarás de estarlo nunca, y aunque acá todos te amemos ninguno de nosotros te hará tuya y tú nunca serás dueña de ninguno de nosotros. No por mucho tiempo, por lo menos. Nuestra vida, la vida de los hombres, se extingue tan rápido que no llega a ser más que un suspiro en toda la historia de tu respiración. Mientras tanto tu vida, la vida de las estrellas, es una miríada de eternidades comparada con todo el tiempo en que los hombres han abierto sus ojos a la noche y hacia tí. Por eso nadie, nadie nunca va a quedarse en tu vida el tiempo suficiente. Todos nos iremos, moriremos ante tus ojos que aún tendrán mucho por observar y por quien llorar. Eres una estrella, y eres la estrella más hermosa que alguna vez haya brillado en mis noches, pero yo soy sólo un hombre y tú… tú eres imposible”.

Just write it.

Modesto, envejecido y un tanto preocupado, sostiene con ambas manos una hoja de papel. Mientras pide indicaciones a otro hombre que se las regala con el blazo izquierdo, la hoja se rasga, y sus mitades poco simétricas empiezan a agitarse. Es difícil adivinar desde la distancia si lo hace a propósito o si su cuerpo se comporta de una manera extraña pero, mientras el brazo izquierdo del otro hombre apunta al norte, los suyos se agitan enérgicamente uno contra el otro, formando truenos de papel que aún desde tan lejos llegan a mis oídos. Parece que va a estallar, el otro hombre se aleja con algo de temor impregnado en el rostro. El frenesí de sus extremidades empieza a atraer miradas, preguntas silentes y tímidos impulsos de altruismo que no logran concretarse debido al miedo. No tienen control, él lo sabe, inquieto y temeroso mira hacia todos los lados, encuentra una puerta. Sus manos aún tiemblan, ya menos por la aceleración de sus pasos. Su izquierda busca el bolsillo de la camisa, trabajosamente deposita en él el papel que sostenía. El otro continúa trémulo, sujeto por la continua violencia de la derecha. Pasa a mi lado. El hombre corre, y en unos segundos, desaparece.

Hace mucho las historias no venían a mí para darme el lujo de desperdiciarlas.

Anoche soñé que era la hija de dios.

Facebook asks: How do you know D?

We met randomly.

Recuerdo la primera vez que lo vi. No el día, ni la hora, ni los insulsos detalles que le dan relevancia a éste recuerdo en los ménsulas oxidadas fijas en las paredes de la historia que no decido guardar. Sólo conservo el segundo en el que yo le dije sesentayunosesentacincuentayocho con los ojos detenidos en el lado derecho de su cara, en su iris de avellana que buscaba rasgos similares entre la imagen que aparecía en la foto y la mía mientras pronunciaba mi primer nombre en voz baja. Encorvó su espalda al tratar de igualar la altura de su cabeza con la de la pantalla que tenía en frente, y siguió con su trabajo repitiendo el proceso con el sucesor de mi lugar en la fila.

Encontré placer en repetir éste pequeño e infantil juego aunque no lo necesitara. No esperaba que sucedera algo distinto al apresurado número, el sutil nombre, su escueta mirada y mi pequeña sonrisa… algunas veces sólo me asomaba por allí impulsada por ese tímido placer que sentía al encontrar sus ojos fijos en la misma pantalla, otro nombre, otra fotografía.

Empezó a salir de esos instantes. Lo encontraba en la biblioteca, en la cafetería, en los pasillos, en las escaleras, en las puertas, saliendo, entrando, todos los días; siempre solo y siempre con la mirada intensamente aferrada a algún punto en su espacio. Salió de sus instantes y se encontró con los míos. Me encontraba en la biblioteca, en la cafetería, en los pasillos y las escaleras, entrando, saliendo, bajando, subiendo. Sus ojos mayúsculos ahora se encontraban asidos a los míos durante los breves segundos en los que podían encontrarse sin exagerar sus movimientos, se hacían fuerza, unos contra los otros, para los otros, hacia los otros, no tanto para separarse sino para sostenerse y quedar suspendidos en el instante en que el bosque que circunda mis pupilas se sentía más tibio al ser expuesto al fuego de las suyas.

Decidí incluir sonrisas. El juego se hacía cada vez más grande…

…pero murió instantáneamente cuando me enteré de su nombre, que venía acompañado de una foto y una petición de amistad en facebook. No lo he vuelto a encontrar, y sé que cuando lo haga no va a ser tan divertido jugar a mirarlo a los ojos.

Tengo frío.

Mucho, muchísimo, pero nada más. No hay detrás de éstas dos palabras alguna otra cosa que no sea la sensación de fragilidad y desnudez de mi carne frente a la crueldad del viento, las humildes reacciones de mi piel hacia la escasa temperatura que aprendí a no extrañar. Frío, simple frío, con todas sus letras, más la tilde, más las palabras que de ésta se atreven a derivar los diccionarios. Mis dedos entumecidos, mis extremidades insensibles, mi boca seca y convulsa y mi cabeza recogiéndose en un único pensamiento: tengo frío. Tengo frío. Tengo frío. Sólo eso, tal vez acompañado de una tímida esperanza de sol.

Tengo frío y se me hace inútil gastar más palabras en ésta sensación que las dos que la componen, pues no es el cuerpo el que necesita expresar algo más allá de los nervios, lentos, o la sangre, quieta, porque es frío y nada más. Frío mundano y seguramente pasajero al igual que los instantes en que lo siento, frío como cualquier otro en cualquier otro, siempre requiriendo la misma respuesta y entretanto contentándose con espontáneas tremulaciones de los cuerpos.

No se trata del frío que me condensa gotitas del alma en cristal detrás de mis ojos tratando de deshacerme en aflicciones, ni el que va más allá de calar entre las carnes y se posa entre los huesos para pulverizarlos con su hálito, ni el que recoge a puñadas las vísceras y las estruja entre sus manos traslúcidas hasta encogerlas y esconderlas entre algún resquicio de tantos aquellos que guarda mi cuerpo. No es el frío con el que confundimos en abismo que en las entrañas va excavando la soledad a mordiscos, ni el de la desolación que desmaya al cerebro y lo abandona en los desiertos de niebla de las incertezas que deambulan entre mis ojos y los tuyos. Nisiquiera se trata de una vana necesidad de calor, es el frío en su forma más primitiva, sencilla y desentrañable, que tan poco dice de mí como la ciencia o la historia o las historias, y tan sólo se sirve de recordarme que mi supuesta infinitud es a la vez tan poco de nada, que tan común es a mí el frío como a cualquiera, y un tanto así será la muerte, tanto que hasta dios mismo los tuvo que haber sentido para podérselos inventar.

Para eso existen las canciones

Su mirada se perdió entre mi parpadeo y las luces que se apagaban, convirtiéndose en el abrazo invisible de la tibieza de su piel, en figuras apenas palpables y cosquillas en la punta de sus dedos; en miradas que no sabían encontrarse

El silencio llegó en forma de claridad, una sonrisa y las sinuosidades que bajo la piel esconden sus huesos. Pensé que mis ojos húmedos acababan de aprender a dibujarle a oscuras, con retazos de tacto y memoria.

No. Amanecía.

Ssshhh [Nostrum]

Los dominios de la reina del diente de león son tan vastos como ella, y todo su reino sólo conoce una frontera: tu piel. Aunque nuestra pequeña reina se ha logrado servir de éste límite mediante miradas, caricias y algo de lágrimas sobre tu espalda, haciéndose creer que de algún modo le perteneces, ella sabe que no puede ir más allá de lo que su tacto le permite. Ésta vez no es arrogancia, ni la costumbre de ganar que ya desde hace tiempo se ha venido perdiendo; pues su total disposición a dar su reino por todo lo que se encuentra fuera de él -que, en un todo, vienes a ser tú- sólo puede ser guiada por ese músculo que en un movimiento te siente y en el siguente te exhala, al que le dieron el nombre de amor.

Mi reina, entre tanto, guarda su cuerpo entre tus palabras mientras le pide a las estrellas que la dejen entrar a tí, porque los momentos que existen desde que se conocen han sido testigos del deseo permanente de regodearse al navegar en los torrentes de tu sangre, escalar dichosa tus vértebras y que las lágrimas acompañen su sonrisa mientras se arrulla dentro de tu corazón con sus latidos, arropada, empapada en tu alma.

Pero hoy, ahora está afuera, ésta vez vestida de miedo cuando se le ocurre pensar que tal vez eres tú quien no la deja porque aún dentro conservas los vestigios de la hoja que no alcanzaste a escribir cuando la arrancabas.

This confidence in me and you
This hope that you and I will bloom
I wanna fall in love with you
I wanna say I do
The question is do you?

Hint*

Al contrario de lo que piensan aquellos que dicen conocerla pero tan sólo la han asimilado mediante dos o tres de sus sentidos, la reina del diente de león no ha enmudecido. Es sólo que llegar a tener el privilegio de oír algo más que una o dos palabras musitadas, una mínima exhalación o tal vez una pequeña risa no es posible mediante la espera o la simple voluntad. Su voz sólo reacciona ante las preguntas, pero no las que cuelgan de todas las bocas y se cuelan por los oídos con más frecuencia de la necesaria. No funcionan los hola cómo estás, ni los qué tienes, ni los cómo te sientes, nisiquiera los qué hora es, ni qué quieres, ni qué lindo día no te parece.
Pregúntale sobre los susurros del mar que se desbaratan en la arena, sobre el día en que se inventaron las palomas y de cómo ellas alzaron el vuelo apenas sintieron algo de frío, sobre el aleteo las mariposas de polvo antes de posarse en flores de pétalos de luna menguante, sobre el dulce tacto del marfil de las teclas del piano que al tocar forma escaleras con sus notas, sobre los mundos sin lados, o la luz que emana la nada cuando cierras tus ojos y ella los cubre de caricias, sobre sus labios hechos de sandía y silencio, la efervescencia de su llanto, las semillas de su reino al viento, o, simplemente, pregúntale qué se siente ser el universo.

Tal vez así sus palabras te quiten el miedo de tomarla de la mano y sacarla de su pequeño palacio a que conozca el mundo que no imagina.

(sólo necesitaba que me empujara un poquito)

La reina del diente de león ha incluido a los vestidos dentro de sus pequeñas obsesiones. Encuentra placer en ver cómo los telares de su reino no descansan en su labor de confeccionar las maravillosas telas de hermosos colores y magníficos dibujos que han de tener el honor de posarse sobre su cuerpo y cubrirlo delicadamente para sumarse a su gracia; y más aún cuando siente sobre su piel la fina textura de los hilos entrecuzados que sutilmente le protegen del frío.

La reina del diente de león no viste linos, ni organzas de seda. La confección de sus ropajes no surge de hebras comunes y corrientes. La urdimbre de las telas que viste la reina nace de los sonidos que provoca el viento al deslizarse entre las cañas que crecen junto al río, de las gotas de lluvia cayendo sobre pedazos de vidrio roto y disperso, del papel que se rasga y el suspiro que se escapa por culpa de una involuntaria aceleración de los latidos de los corazones; devanándose alrededor del carrete sólido compuesto de sueños a la madrugada, destellos de luz y parpadeos.

Sin embargo, aún cuando los telares transformen tales inmaterialidades en hermosas prendas, la reina del diente de león sabe que cuando quiere lucir sus mejores galas, se va deshaciendo poco a poco de todos los géneros que le envuelven, y se va desnudando hasta que sobre ella no queda más que el más perfecto de los tejidos, aquel que te acaricia suavemente con sólo contemplarlo, aquel que contiene dentro de su oscura palidez el principio y el fin del universo que así mismo se dibuja sobre el en forma de pequeñas manchas en constelación, aquel que recibe del aire todas las palabras que de ella se dicen sobre las almohadas, tan fino, tan frágil…

su piel.