The lady doth protest too much, methinks

La primera vez fue por mi rodilla derecha. Iba corriendo del trabajo hacia mi casa y al caer sentí un dolor agudo del lado externo de la pierna. En ese momento no sabía nada de anatomía ni había aprendido a estar atenta a lo que mi cuerpo decía, así que no sabía qué estaba pasando. Supuse que se me iba a aliviar si dejaba de correr por un rato y caminaba despacio, pero al día siguiente me dolía mucho más y para la tarde ya era incapaz de apoyar el pie sin gritar de dolor. Cuando fui a la EPS me diagnosticaron una tendinitis, me recetaron un antiinflamatorio y no me dieron ni siquiera una incapacidad. Por supuesto, al día siguiente que volví al trabajo (donde mi función era caminar de un juzgado a otro para verificar el estado de los procesos), no pude hacer absolutamente nada. Después de pelearme con los médicos de la EPS que no veían que tuviera nada malo, tuve que ir donde un doctor particular y someterme a una resonancia magnética. El resultado: tenía una ruptura parcial en el ligamento lateral externo, que si hubiera dejado pasar un par de días más con mi actividad física normal hubiera podido ser total y requerir cirugía.

Después fue una nutricionista, que entre la primera consulta y la siguiente, con dos semanas de diferencia, no podía creer que yo hubiera perdido diez kilos. A pesar de que le insistí en que sí lo había hecho, se limitó a afirmar que debió haberse equivocado al registrar mi peso la primera vez y que yo no me había esforzado lo suficiente y por eso seguía pesando lo mismo.

Por supuesto que sí me esforcé. Dejaba de comer por semanas enteras, hacía varias horas de ejercicio al día y trataba de comer lo menos posible, cuando lo hacía. Después de una vez que me caí de la bicicleta cuando mis músculos no me respondían porque llevaba casi un mes sin comer, decidí buscar la ayuda de otro nutricionista especializado en desórdenes alimenticios. Le dije que no comía por periodos prolongados, que me daba pánico y asco probar la comida, que se me estaba cayendo el pelo a puñados, que mi temperatura corporal había bajado y ya no me respondían ni los músculos ni la cabeza. ¿Su respuesta? “Sigues teniendo sobrepeso, no te puedo diagnosticar un desorden a menos que pierdas otros 20 kilos”.

Tuve que aprender a vivir con eso que aparentemente no era un desorden alimenticio, más ataques de ansiedad y depresión, por un par de años más. No hace mucho, cuando me di cuenta de que mi depresión no se iba a ir a pesar de que mis circunstancias habían cambiado por completo, decidí ir a terapia. Después de tratar de explicar cómo me sentía, la terapeuta, profesional médico y psiquiatra, me dijo: “te hace falta experimentar el amor de dios a través de otras personas” y me mandó a leer unos libros de autoayuda. Hasta ahí llegaron mis esfuerzos por mi salud mental.

Ya mucho después, cuando había aprendido a escuchar a mi cuerpo y sentir lo que me pasaba, empecé a ir a kung-fu. A los 5 meses de empezar a entrenar, en una salida recreativa con mis compañeros de la escuela, iba corriendo, me tropecé y caí dando la vuelta hacia adelante. Para no golpear el piso con la cabeza, giré mi cuerpo y caí sobre mi hombro izquierdo. Al caer sentí el dolor más grave de mi vida. Inmediatamente fui con Sifu (experto en tratamiento de lesiones físicas) quien me dio un masaje y me dijo que solo tenía un golpe, que no era nada. Era una luxación de clavícula, cuyo tratamiento culminó en que me la cortaran por la mitad y me sacaran uno de los pedazos.

Poco después de lesionarme el hombro, aún con el cabestrillo puesto, estaba agachada en el suelo con ambas rodillas flexionadas y traté de levantarme, pero perdí el equilibrio y sentí tronar mis rodillas. Le avisé a Sifu, quien me dio un masaje y me dijo que con eso ya debía arreglarse. Me aguanté el dolor por tres semanas más hasta que tuve que ir al hospital porque ya no me aguantaba estar de pie siquiera. El traumatólogo me dijo que solo era una tendinitis y se me iba a pasar con antiinflamatorios y descanso. Después de estar un par de meses sin diagnóstico y de insistirle al doctor que el dolor que tenía no se iba y era mucho más grave que cualquier tendinitis que pudiera tener, accedió a recetarme una resonancia magnética en solo una pierna. Le dije que me dolían las dos, pero su opinión profesional era que solo me había lastimado una y que la otra era un “sobreesfuerzo por desequilibrio”. Al final logré que me hicieran el examen en las dos rodillas, a pesar de que el doctor pensaba que era una pérdida de tiempo y dinero. Resultó que me había fracturado el menisco medio en ambas piernas, y me tuve que someter a dos cirugías para arreglarlo.

Hoy en la mañana Sifu me estaba enseñando un movimiento nuevo, en el que tenía que patear desde el suelo y empujar mi cuerpo con las dos manos para levantarme. Tuve que practicarlo varias veces pero no lo lograba. Al final, empujé tan fuerte que sentí cómo se me desgarraba un músculo del pecho. Traté de decirle a Sifu lo que me había pasado, pero no me permitió hablar porque creía que estaba enojada por haberme insistido tanto en el mismo movimiento. Que dejara de quejarme porque no me pasaba nada.

Mi orgullo y mi umbral de dolor son sorprendentemente altos. No permito que nadie se entere de lo que me está pasando a menos que me esté doliendo demasiado. Ya estoy cansada de no me tomen en serio, sobre todo cuando se trata de profesionales de la medicina que se supone saben lo que están haciendo, ¿qué tanto más tengo que sufrir para que me crean?